Llegamos a Hallstatt en un día desapacible. De todas formas, las nubes no lograron amilanarnos, ni tampoco mermaron la belleza de este lugar. Una vez que dejamos el coche en el parking (los aparcamientos libres escasean) nos dirigimos al teleférico (nos costó 7,90€, ida y vuelta) que te conduce a la Salzwelten (o Salzbergwerk), una mina de sal situada en una montaña que domina Hallstatt. La mina está abierta desde las 9:00 a las 18:00 y la entrada cuesta ¡20 €! aunque se puede “regatear” (ventajas de ser eterno estudiante) para entrar por 11,95€ por persona. En la Salzwelten participas de un viaje a otro mundo. Subidos a un mini-tren, nos adentramos en las profundidades de la tierra para descubrir un lago subterráneo, galerías increíbles, algunas de ellas prehistóricas con grabados celtas, recreaciones de la minería prehistórica, un camino a lo largo de antiguas conducciones de agua y la estrella de la atracción: el llamado "Hombre conservado en la sal", un esqueleto de un antiguo minero que data del 1100-1000 a.C. El esqueleto fue hallado en 1734 y gracias a la sal gema, está perfectamente preservado, junto a sus atuendos y utensilios.
Ya en el exterior de la mina, en la llamada meseta de la sal, se halla el famoso campo de tumbas prehistóricas de Hallstatt, donde se han encontrado cerca de 2000 sepulcros con más de 6000 objetos que datan desde el 1100 a.C. al 450 a.C. Esta Necrópolis dio nombre a la Cultura de Hallstatt, la primera gran cultura del Hierro Europeo, nomenclatura atribuida a Hans Hildebrand.
Volviendo hacia el teleférico puedes acercarte a la Rudolfsturm (la torre de Rodolfo) una pequeña fortaleza que en origen data del siglo XIII-XIV. Fue levantada con el fin de defender y controlar la mina. Desde su terraza pública (y gratuita) se puede contemplar una impresionante vista del Dachstein, de parte de Hallstatt y del sur del Hallstättersee, el precioso lago de Hallstatt que evoca los fiordos noruegos. Si no has pagado el teleférico, hay un caminito de bajada a Hallstatt (ojo porque de subida son 45-60 minutos con una pendiente pronunciada).
Llegados a abajo, desde la Iglesia de Kalvarienberg (1711), tomamos dirección hacia la Seelände que continúa por la Seestrasse, el paseo que atraviesa Hallstatt paralelo al lago. Las casas son preciosas, y muchas de ellas cuentan con complicados ornamentos de madera. Por su parte, el lago cuenta con algunos monumentos vanguardistas. El paseo por el centro de Hallstatt nos condujo hasta el Museo Kulturerbe Hallstatt donde actualmente (antes era gratis) se entra por el módico precio de 7,50€, reducida 6,50€ (aunque con dosis de suerte, verborrea y coincidencias, el precio puede reducirse aún más). El ticket te permite admirar los vestigios de la llamada Cultura de Hallstatt y otras piezas romanas y medievales. En la exposición, muy didáctica y también en castellano, se da una entera explicación sobre el yacimiento, los objetos de hierro, cuyo empleo fue al principio minoritario en esta cultura, hasta que a partir del VII a.C. se generalizó su uso y comercialización. En ausencia de cuerpos, lo más destacado son las fraguas de la mina de sal, con un molino de martillo, así como otros objetos de metal allí encontrados.
Siguiendo camino, dirigimos nuestros pasos a la Pfarrkirche, Iglesia parroquial Católica. De estilo románico-gótico, destaca por sus frescos, su campanario y sus altares de madera. Lo más interesante, sin embargo, está afuera; se trata del Hallstätter Beinhaus (entrada 1,50€) un osario anexo al pequeño y densamente poblado, cementerio del pueblo. En el osario hay cerca de 1200 cráneos y miles de huesos, lo que confiere a la reducida sala un aspecto tétrico, el cual viene incrementado por el característico olor nauseabundo de la muerte al que consigues acostumbrarte. La particularidad de este osario es que todos los cráneos están pintados. En el papel que nos facilitaron (en italiano o inglés que, además, luego debes retornar), se explicaba que dadas las reducidas dimensiones del cementerio, cuando había nuevos enterramientos se procedía a retirar los cráneos y huesos de las tumbas. Antes de colocarlos en el osario se les pintaba el nombre para identificarlos. Pero a los cráneos también se les pintaba, además, ciertos símbolos (paganos) cada uno relacionado con un atributo o augurio. Son cuatro: rosas, hoja de roble, laurel o hiedra. En el osario puedes encontrar cráneos que datan desde 1510. El último se decoró en los años 50, según creo recordar.
Si se dispone de más tiempo para permanecer en Hallstatt, o incluso pernoctar allí, es recomendable llegar a las cascadas Waldbachstrub, un impresionante salto de agua de unos 90 metros, en tres tramos, al que se llega tras un bonito paseo. Al parecer es un lugar palagado de leyendas locales. Si como nosotros, te toca regresar al mundo de los vivos, nada mejor que hacerlo perdiéndose un rato por las laberínticas callejuelas escalonadas de Hallstatt, dominadas por casas profusamente ornamentadas con relieves de madera, plantas y flores. Si además, has gastado todo tu presupuesto en minas, teleféricos y cachivaches, nada mejor que matar el gusanillo con un improvisado picnic junto al Hallstättersee, donde puedes compartir tu comida con los insaciables cisnes y ánades, a veces dispuestos en formación militar, mientras disfrutas de una panorámica de Hallstatt y su lago.ÁLBUM DE FOTOS DE HALLSTATT.







































